Simulacro

El arte actual -así como el de cualquier época- responde a la ficción como única naturaleza. Es un terreno complicado el del arte, pues la gente se volvió experta en creerse las ficciones. Tantas décadas de bombardeo mediático no pasan en vano, sumado a toda una historia genética de la manipulación y la esclavitud mental.

Casi es político para el arte dejar de lado la ficción. Existen grandes ficciones que superan cualquier puesta en escena: la paz del mundo occidental, la lucha contra la pobreza, la militancia medioambiental, la equidad de género, etc. Este mundo es (y fue) del simulacro. Creer en la ficción, en las premisas del mundo correcto y cristiano que se divulga por todos lados es ahora una obligación tácita. Entonces, ¿dónde quedaría el terreno del arte? En ningún lugar.

Eso explica la repulsión que mucha gente tiene por lo que se denomina “Arte”. Aunque, de manera puntual, el asco es más por la figura del “Artista”. Es perfectamente comprensible esta reacción generalizada y un poco discreta de la gran comunidad. Para ayudar a precisar porqué es importante odiar el arte y sus implicaciones debo regresar a la idea anterior: El Arte es una labor que perdió su territorio. Es lógico enojarse con alguien que trata de venderte una cosa usada haciéndola pasar por nueva.

Esto es lo que no se le explica al público. Eso es peor, porque entonces parece un asco injustificado, como si todo el universo estuviera equivocado y el grupito de artistas y curadores siguieran siendo grandes intelectuales elevados. No es así, de hecho se puede declarar un empate: se justifica tanto el asco por el arte como el desprecio que los artistas, curadores o instituciones sienten por el público.

Pasan dos cosas a partir de la ficción que hace el arte (al menos dos importantes): UNO, nada ocurre. DOS, todo mundo se enoja. En el intermedio están los lectores especializados, que ven las ficciones del arte como si el mundo fuera perfecto, las comparan con ese mundo perfecto y entonces dichas propuestas se vuelven delicias del intelecto a sus ojos. Los intermedios son los peores, porque parecen inteligentes y probablemente lo sean.

Es justo decir que en cualquier reacción que se tenga por causa de una “obra de arte” quien sale perdiendo es siempre la persona que hace la lectura. Cuando la gente se enoja por una propuesta de arte la cosa se vuelve interesante, aunque puede ser aburrido si la intención era esa. Me gusta más cuando una propuesta es incomprendida, no a propósito sino por su propia cuenta.

Digamos que no fue la intención del artista joder a nadie, únicamente discursar. En ese caso está ejerciendo su derecho a la ficción con la ingenuidad que eso conlleva; ahora, si alguien se ofende sólo estará ejerciendo su derecho a la ingenuidad como público, o su derecho a no aguantar las ocurrencias de alguien que se auto-denomina artista. Si hay un plan perverso para que la gente se enoje por una propuesta de arte entonces hay un desempate: el intelectual le gana a las personas de su audiencia, se ríe de ellas. Eso es bueno, no porque sea o no arte, es bueno porque en este mundo en ruinas alguien debe reírse de alguien más, por entretenimiento.

He pensado en las formas de que el desempate sea al revés. Está complicado. ¿Cómo le gana el público al artista en esta absoluta ingenuidad del arte? Creo que ya lo insinué: lo mejor es no tener reacción frente al arte, ir a una exposición o ver una documentación y aprovechar cuando en ello hay reflexiones o ideas sorprendentes, nada más. Cuando empezamos a “leer” las obras de arte corremos el riesgo de que el dichoso artista se burle de nosotros, o en el mejor de los casos se da el etéreo empate del pacto ingenuoso de inteligibilidad. Si somos indiferentes ganamos como público, no importa la cantidad de piruetas que haga el artista.

Político sería inscribir la miseria de la sociedad como arte contemporáneo. Las otras ficciones no pasan del entretenimiento, aunque tengan pellejo intelectual.