Letras

En el tiempo de Verne la gente demandaba historias de viajes, descubrimientos, aventuras exóticas. Ahora bien, como ha dicho el escritor Stephen King en una entrevista reciente, a las personas en la actualidad les gusta leer sobre el trabajo, los roles y ocupaciones cotidianas con su toque de misterio o aventura.
En tiempos de Verne, así como pasa hoy, las personas no tenían una gran libertad o posibilidad de largarse, pero la diferencia radica en dónde ponemos la imaginación. Es involutivo, a mi parecer, pasar de imaginar el paisaje y lo desconocido a la reclusión mental de imaginar que algo divertido y extravagante hay oculto en la rutina de los roles de producción capitalista. King está hablando de lo que las personas quieren leer, asunto que comprueba con cada libro exitoso en el mercado. Al mismo tiempo habla de la civilización, la reducción de la imaginación colectiva que a su vez implica una línea de futuro donde el universo posible implosiona.
Lo extraño es cómo también hay diferencias sociales en torno a todo este asunto de la literatura y la imaginación. Con la muerte de Gabriel García Márquez se revuelve ese panorama “universal” con que se miden las cosas, en dependencia de si uno está en el primero, segundo, tercero o x mundo. La historia se empalaga una vez más con la fiebre de Macondo; ya nos enseñaron que ese pueblo equivale a todos nuestros pueblos. Así nos ven desde afuera, como ese retrato hiperbólico de Macondo, donde todo sucede porque al final es imposible que tanta miseria sea real, por eso todo es “mágico”, y así probablemente nadie sale herido.
Es decir, mientras en el primer mundo todo el tema de la imaginación, los valores, las aspiraciones, se centra en la rutina y los roles productivos, se espera que en Latinoamérica sigamos describiendo la magia de Macondo con tremenda polvareda, suelos áridos y filtro dorado de colores casi brotados, como aparecen nuestros países en las pequeñas secuencias de grandes producciones joligudences.

Tal vez Stephen King no consideró qué quiere leer la gente en Latinoamérica (lógico, no es su principal público meta), tal vez seguimos la ruta de Verne y nos gustan más las historias fantásticas, como continuidad de un legado indígena que supo ver el universo mejor que los salvajes y malolientes y advenedizos europeos con sus espadas.
Tal parece que los grandes centros de poder occidentales sólo permitieron un desliz de imaginación en tiempos de la avaricia de ir y saquear el nuevo mundo. De ese ambiente aún tibio emergieron mentes brillantes como Julio Verne, con esas historias que llenaban las ansias de una sociedad a duras penas iluminada. Cualquiera diría que en Latinoamérica nos quedamos guindados de esa rama.
El éxito de “Gabo” fue cautivar con imágenes que parecen literarias, pero que cualquier latinoamericano sabe como una verdad desgarradora. Lo que no sabe Stephen King es que Macondo es un reportaje periodístico, y si hay un género literario que nos enloquece es el realismo degradado, porque reconocemos el único deber patriótico de cagarnos de la risa de tanto estiércol que llueve a cántaros.